jueves, 9 de junio de 2011

La p*** obra

Después de tres años pagando derrama, los propietarios de la comunidad en la que vivo han decidido iniciar la obra que tenían en proyecto: remodelación integral de la fachada. En otras palabras, picar la fachada de ladrillo visto, recubrirla con pasta y decorarla con piedras de colores para que parezca un edificio nuevo, aunque por dentro no cumpla estándares de ninguna clase (paredes de papel, techos para hobbits y aislamiento acústico inexistente). Como yo soy inquilina y no pago un duro de comunidad, no tengo derecho a protestar. Pero la obra me jode igual.

"Pues no te quejes entonces", dirán mis queridos lectores. ¡Pues claro que me quejo! La casa quedará muy bonita, no lo dudo, pero de momento:

- Tengo que tener todo el día la luz encendida porque a) la malla verde no deja pasar suficiente luz y b) en vez de persianas tengo unas contraventanas de chapa que sólo puedo abrir a medias porque pegan con los andamios. Consecuencia directa de esto es que nunca sé qué ropa ponerme porque no me queda claro si hace sol o no. Generalmente me equivoco.

- Las plantas de la terraza reciben poca luz y se me están poniendo mustias. De hecho ya he tenido que arrancar las lechugas porque se me estaban pudriendo. Y a las macetas de los tomates les está saliendo verdín.

- El ruido es insoportable. El calor, también. Si abro las ventanas entra más mierda de la cuenta. Y además no me puedo pasear en bragas por casa. De hecho ahora mismo hay dos señores hablando raro y picando alrededor de la ventana de mi salón. Estoy por sacarles una cerveza y unos panchitos.

- Tengo que tender la ropa en la terraza por la noche y procurar recogerla a primera hora de la mañana, so pena de encontrarme toda la colada embadurnada de polvo de ladrillo.

- Me he quedado sin toldo. Más. Quiero decir, el toldo de la terraza ya estaba en malas condiciones, así que el casero me dijo que lo bajara mientras duraba la obra para que no me entrara demasiada porquería. Así lo hice. Días después me he encontrado el toldo roto: la lona por un lado y los hierros por otro. Imagino que a los albañiles les molestaría para pasar y... a tomar por saco el toldo.

Como estoy tan quemada con el tema de la obra procuro pasar poco tiempo en casa. Esta mañana fui a una reunión la ofi de mi empresa, en pleno barrio de Salamanca (lo que se gastan en alquiler nos lo racanean en el sueldo, está visto) y en vez de atenderme a la hora a la que habíamos quedado me dijeron que volviera hora y media más tarde. Muy bien. Podría haber vuelto a casa, total son 15 minutos en metro, pero preferí darme una vuelta y recalé en la tienda Nespresso de Velázquez para comprar unas cápsulas.

No estaba George Clooney, pero por lo demás la tienda es igual que en el anuncio: señores que te atienden haciéndote la pelota y que te invitan a probar un nuevo café de edición limitada. Creo que no me han llamado "señora" tantas veces nunca. "Buenos días, señora", "¿Le apetece un café a la señora?", "¿Con leche, señora?" La verdad es que no supe si sentirme vieja o importante.

De vuelta a casa, la cruda realidad: la terraza llena de cascotes y alambres y mis plantitas bajo una capa de polvo de dos dedos. Estoy por irme a pasar el verano en Benalmádena.

2 comentarios:

  1. Pues nada, cuando acabe la obra pides una indemnización por daños y perjuicios a tus plantas.

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  2. Casi preferiría pedir que me limpiaran la casa cuando termine la obra, que cada vez que salgo al a terraza y vuelvo a entrar tengo que barrer.

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